jueves, 18 de mayo de 2017

Muela del Horcajuelo, la Muela y el Morrón, más Moncayo

IXOS MONS
Muela del Horcajuelo (1706 m)
La Muela (1663 m)
El Morrón (1730 m)
Martes, 16 de mayo de 2017


            Se dice que unos llevan la fama y otros cardan la lana. Pues sí. Cotidianamente tenemos ejemplos de ello. Sin ir más lejos, en el Moncayo, porque es algo más que el Pico de San Miguel. Es mucho más, sí, y por eso nos acercamos a descubrirlo. En sus estribaciones, las que se dirigen ya hacia tierras arandinas, pero antes de abandonar las turiasonenses en el municipio de Añón, tenemos unos montes que aun de categoría menor, sí son dignos de visitar. Estamos hablando de la Muela del Horcajuelo y del Morrón, que no alcanzando gran altura, si los unimos subiendo por el barranco de la Morana y bajando por el del Horcajuelo, nos sale una magnífica circular, en la que podremos disfrutar de una mañana de monte por solitarios lugares y agradecidos paisajes. Es lo que hemos hecho hoy, con el amigo José Luis de Esbarre. Vamos.

Carbonera puesta en valor, en las proximidades de Alcalá de Moncayo

Recuperación de la Cabra Moncaína
            A pesar de estar casi toda la ruta en término de Añón, para su comienzo debemos dirigirnos a Alcalá del Moncayo, para salir por el camino de Albeca, y tomar luego ya el de Morana, que es PR-Z 3 desde el pueblo. A unos 4,7 km encontramos un parquin donde dejamos el vehículo. Hasta ahí, tres puntos de interés. El primero lo encontramos en una carbonera recuperada y puesta en valor, recordemos que es zona de carrasca. El segundo, el refugio de El Tejar. Y el tercero, que al poco antes de dejar el coche, salta a la vista unos corrales en venta, que según reza un mural se trata de un proyecto de recuperación de la Cabra Moncaína, en riesgo de extinción… lo que sí se han extinguido son estas recientes instalaciones. Pero bueno, a lo nuestro.

Barranco de la Morana

Acebo hembra
            Los primeros cientos de metros a partir del parquin son de camino adaptado, que llega hasta una plataforma habilitada como mirador. A partir de ahí, el camino se hace senda, y el arroyo amigo, tanto es así, que durante las próximas dos horas y media vamos a tratarnos de tú con él, vamos a entrar en el juego que nos plantea. No tenemos más remedio que hacerlo. Llegando a la unión del barranco del Horcajuelo, dejamos con éste el PR-Z 3, para seguir por el de la Morana, cuyo sendero se afana en que lo recorramos, aunque no siempre nos lo pone fácil. La enorme profusión vegetal que alberga al amor del agua lo hace confuso a tramos. Nos lleva a cruzar el barranco continuamente, lo que le aporta un enorme valor de frescura, y sobre todo, de sentirte parte de un juego, que te lleva por donde quiere, para mostrarte rincones sencillos pero bellos, humildes, modestos, pero verdaderamente encantadores, con profusión de acebos, esa planta dioica, cuyos pies hembra lucen los rojos frutos.

Más barranco

José Luis, a pie de levada
            Se pasa junto a una cabaña, siempre disponible en caso de apuro. A continuación, se llega al inicio de un canal de la central hidroeléctrica, alimentado por un ramal domesticado del barranco, que nos recuerda a las levadas de Madeira. Al cabo de esas dos horas y media, salimos de la zona vegetada, encontrándonos al rato un cartel avisando de sendero intransitable. A buenas horas… pero aunque así fuera, no solamente no se ajusta a la verdad, sino que es un verdadero placer haber compartido todo ese tiempo con él. Seguimos junto al barranco, circulando por la llamada Umbría La Tellana, que es todo el paco de este nuestro primer monte que vamos rodeando. Y como el terreno se va ya empinando más y más, el arroyo lo tiene que solucionar con frecuentes saltos de agua que alegre se va colando entre la vegetación que alimenta. En definitiva, que se hace bueno eso de que el camino cuenta más que la meta.

Vida por todos los lados

Primeros saltos de agua
            Unas aguas que amansadas vienen del Prado Herrería, a modo de aguas tuertas. Unos prados que se descuelgan ya de las estribaciones del Lobera, uno de los grandes del eje principal del Moncayo. Sin apenas alcanzar el puerto, damos un brusco giro a nuestra ruta para comenzar a la izquierda la ascensión a la Muela del Horcajuelo, que en veinte minutos alcanzamos, abriéndose una imponente vista sobre nuestro siguiente objetivo, el Morrón, que junto con las Peñas de Herrera, forman una imagen sin par de la vis salvaje del Moncayo.

 
Primer hito, la Muela del Horcajuelo
Peñas de Herrera y la Tonda
            Bajamos a una collada que arbitra el barranco de la Morana, por el que hemos subido, y el del Horcajuelo, que aquí nace y por el que bajaremos, abandonándolo para subir al Morrón y su Muela, y tomándolo de nuevo para salir de estas montañas. Bien pues, comenzamos el descenso por este incipiente barranco, en el que encontramos los Corrales de Arriba, totalmente espaldados, pero con las huellas aún de la trilla, y los de Abajo, si no en uso, no hace mucho de ello. Alcanzamos otro puerto, más bajo que el anterior, donde confluyen el PR-Z 3 con el GR 90.1. Antes de llegar a ello, encontramos más vestigios de viejas formas de vida, con corrales y cabañas abandonados, pero con algo de vida, porque unas colmenas salpican el terreno.

Corrales de Horcajuelo de Arriba

Corrales de Horcajuelo de Abajo
            Al llegar a la pista tomamos una vaguada en dirección SE, corta pero valiente, y más a estas horas en las que el sol comienza a ponerse tieso. El inicio es por hierba, y termina por canchal. Finalmente, y tras un tramo ya muy tendido, alcanzamos el punto más alto del extremo sur del Morrón, la Muela lo llaman. Con ese Morrón ya a la vista, sólo queda bajar un poco hasta un collado y ascenderlo, algo que se hace en un cuarto de hora. Todo este macizo está enclavado en una cuña de Añón en el término de Purujosa, al que se asoma con gran curiosidad. La cara norte es prácticamente inexpugnable, pero alguna debilidad tiene. Aprovechamos una de ella para bajar hacia la pista, unos 250 metros más abajo.

Arranque para la Muela y el Morrón

La Torre de Morana
            Es la misma pista que hemos atravesado para subir. En ella, tomamos el PR-Z 3 y no lo abandonaremos ya hasta el coche, porque es el que está señalizado por el barranco del Horcajuelo, que retomamos para bajar. Aparte de estar señalizado, es mucho más ancho que el de la Morana, más definido y más cuidado, pero no tiene su encanto. A pesar de ello, también se deja querer, y no le tiene envidia a muchos del Pirineo. Con el aliciente de esa Torre de Morana, por cuyos pies nos hace pasar, en menos de una hora llegamos a la confluencia de los dos barrancos, uniéndonos de ese modo al itinerario de subida. Hay quien opina que de esta unión nace La Huecha, un afluente directo del Ebro, al que se rinde tras 51 km de recorrido y habiendo pasado por esta comarca de Tarazona y la de Borja.

Disfrutando

            Y en menos de media hora más de disfrute llegamos al coche, habiendo recorrido cerca de  20 km, en 7h 20’ de tiempo total, del que 5h 45’ han sido en movimiento, con un nada despreciable desnivel +/- en torno a 1280 metros. Una mañana pasada por el otro Moncayo, y en buena compañía.
                                                                                                                                       





martes, 16 de mayo de 2017

El Tossal d'Encanadé y d'Hereu, con ganas de mar

IXOS MONS
El Tossal d'Encanadé (1394 m)
El Tossal d'Hereu (1321 m)
Domingo, 14 de mayo de 2017


            Los Puertos de Beceite, Els Ports según fuentes, se extienden entre las provincias de Teruel, Tarragona y Castellón, y constituyen unas sierras que guardan en sus entrañas unos montes y unos barrancos otrora humanizados por masías, debido a las grandes distancias que hay entre las poblaciones y a la necesidad que había de arrancarle al terreno lo mejor de sí mismo. Son sierras calladas, que guardan para sí secretos de otros tiempos que han llevado a sus tumbas. La piedra seca es la reina del lugar, con ella construían sus casas, sus corrales, y todas las dependencias necesarias para salir adelante con una economía de subsistencia. Tierras colonizadas por el imperio de la naturaleza a medida que se han ido deshumanizando. Con montañas sin grandes alturas, pero con carácter. En una nueva incursión por ellas nos siguen asombrando por su austeridad, por su soledad, algo que les da grandeza, por su lejanía y cercanía al mismo tiempo. Con los amigos Luis, Javier, Víctor y Esteban, de la Cordada, de Alcañiz, y Miguel y Josemari, del CP Mayencos de Jaca, volvemos por estos pagos.

Peñarroya de Tastavins... tras la curva

Peñas de Masmut. A por ellas
            El Tossal d’Encanadé, con sus 1394 metros de altitud es el punto más elevado de la comarca del Matarraña, sólo superado en estas sierras por el Mont Caro, de 1441 metros, máxima cota también de la provincia de Tarragona. Al Encanadé, pues, nos dirigimos, y muy mal se nos tiene que dar la jornada para no subir al d’Hereu, su fiel escudero. Tras abandonar la N-232 en Monroyo, tomamos la A-1414, que a través luego de la A-2413 nos acerca a la localidad de Peñarroya de Tastavins, el municipio más sureño de la comarca. Una localidad que no se esconde al visitante, desde kilómetros antes de llegar a ella se muestra con todas las garantías de que va a agradar. Amparada por su sierra, que deja a la izquierda esas peñas de Masmut, se nos echa encima conforme nos vamos acercando.

En el puente de la Canaleta

Subiendo por la cuesta del Mulero
            Por pista en buen estado, se toma el camino de la Balsa de San Miguel, que en 1,4 km alcanzamos, para dejar los vehículos. Ocho de la mañana, una mañana que se mantiene en la resaca de la ruchada de ayer, que le confiere ese aspecto limpio, pulcro, despejado, tremendamente aromático, con las fragancias que los agradecidos tomillos y romeros exhalan. Seguimos por la pista, que en poco tomamos un sendero a mano izquierda, que nos va bajando al río de los Prados, que con seco lacrimal nos ve pasar por su puente de la Canaleta. Todo ello con el permiso de esas peñas de Masmut que desde su altivez nos ven rodearlas. En diez minutos se toma la llamada cuesta del Mulero, que dura casi una hora, y que por una vía pecuaria señalizada como tal nos va subiendo poco a poco, y a tramos no tan poco a poco hasta un pequeño collado, en el que hay un corral espaldado, y un poco más adelante, arriba en el puerto, a esa casa del Mulero, con sus ruinosas dependencias y su pozo de agua a ras del suelo.

Masía del Mulero

Subiendo por las fajas
            La altura alcanzada nos permite dar vista a poniente, vertiente salpicada también por esas masías grandes, pequeñas, en diverso estado de conservación, pero la mayoría ruinoso. Seguimos fieles a esa vía pecuaria, aunque a tramos ella no lo es con nosotros. Los caminos no los hacen los carteles, los hacen el andar por ellos, pero si no se andan… Bien, nos vamos arrimando a la pared, que permeabilizamos a través de varias lazadas por unas aparentes fajas, que nos dejan en una gran explanada a modo de collado. Si queremos subir al Tossal d’Hereu, es el momento, y como queremos, pues allá vamos. Cinco minutos y cincuenta metros tienen la culpa. Tomamos dirección izquierda, y sin sendero definido alcanzamos los 1321 metros de esta cota, dotada de vértice geodésico. Las vistas son magníficas. Alguna reconocemos, el Arca, el Perigañol, dominando el embalse de la Pena, por ejemplo… y cómo no, ese Tossal dels Tres Reis visitado en la misma fecha hace unos meses.
 
En el Tossal d'Hereu
El Arca, Perigañol, y a sus pies el embalse de la Pena
            Con las mismas, para abajo, y continuar ruta. Vamos por un altiplano azotado por los cierzos más airados. Hoy no, pero hay evidencias de ello, se ven árboles, arbustos, castigados por el viento. Pasamos por el dominio del mas de Zapater, tan en ruinas como cualquier otro, incluso el pozo de nieve, que clama a gritos una restauración y puesta en valor. Nos metemos por el bosque, y al salir de él se muestra a la vista nuestro objetivo, algo lejano aún, por cierto. Poco a poco nos vamos acercando y metiendo en el barranco del Caldú, en el que todavía permanecen pequeños aterrazamientos que permitían un mejor aprovechamiento del terreno.

Naturaleza salvaje

Subiendo por el barranco del Caldú
            Antes de culminarlo, en el collado del Curandero, aunque cerca, sin sendero alguno trazado, hay que tomar ya rumbo este (izquierda), para subir monte a través hasta la cima de esta montaña, provista también de vértice geodésico. Su cara oriental es un cortado muy próximo ya a la muga con Castellón. Echando la vista arriba, al fondo, unas brumas nos impiden ver el mar, ese mar que estas tierras no conocen, pero que ven si se aúpan. Alguna foto, más contemplación, bocado, y por el mismo trazado para abajo, hasta el barranco, que dejamos atrás tomando decidida dirección noroeste, para bajar por una ladera boscosa, incómoda, sin traza de senda, pero obligada para llegar, en tierra castellonense, y por viejos caminos luego, hasta el río de la Canal, que al entrar en Teruel, junto al mas de Peret, cambia de nombre a río de los Prados.

Peñas de Masmut. Impresionante

Sendero balizado PR-TE 157
            Cuarenta minutos de pista junto al cauce seco de este río de dos nombres, y nos topamos de nuevo con el PR-TE 157, que viene a nuestro encuentro y se vuelve a Peñarroya por un sendero, que tomamos para tras cruzar el lecho del río ir subiendo y subiendo acercándonos a esas peñas de Masmut por su solana. Se trata de unas formaciones de conglomerados que desafían la verticalidad más absoluta, así como los escaladores que se aventuran por sus vías equipadas. El sendero, éste bien definido y señalizado, sube hasta una pista, que seguimos ya hasta que ya por sendero de nuevo, nos presentamos en los vehículos.

Peirón a la entrada de Peñarroya de Tastavíns

Antiguas balconadas de Peñarroya
            Como el pueblo está cerca, y el camino merece la pena, alargamos hasta allí, pasando antes de entrar por un gran peirón que recuerda la romería que cada siete años se realiza, y que merece la pena detenernos un poco en ello. Esta información encontramos en http://alerce.pntic.mec.es: “Cuenta la leyenda que en el siglo XIV una peste dejó Villabona sin jovencitas. El sacerdote Mosen Pinyol propuso a los siete chicos supervivientes que emprendieran un viaje para encontrar pareja y repoblar Vallibona. Se dirigieron a Peñarroya, hasta llegar exhaustos a su ermita de la Madre de Dios de la Fuente,donde les dio cobijo su ermitaño. Tras rezar a la Virgen y contar sus pretensiones, se pusieron en contacto con una anciana acomodada, que tenía a su cargo a siete nietas…”. El resto de la historia os lo podéis imaginar. Bueno, pues ese es el origen del hermanamiento de ambos pueblos, y de que cada siete años vengan de allá para acá en una larga romería que tardan siete horas en completar.

Parroquial de Santa María la Mayor

            Entre estas y otras historias, llegamos al pueblo, habiendo partido la jornada en la balsa de San Miguel, y que ha dado de sí para recorrer 24,9 km, en los que hemos invertido 7h 10’ de tiempo total, del que 6h 10’ han sido en movimiento, para salvar un desnivel acumulado de 1525 m D+ y 1615 D-, que no está nada mal para una mañana pasada en buenas tierras y con buenas gentes.





domingo, 7 de mayo de 2017

El Picón de Guara, el rey del abismo

IXOS MONS
El Picón de Guara (1418 m)
Sábado, 6 de mayo de 2017



            No tenemos mucha documentación sobre si los tiempos comenzaron al principio o antes, pero asistido por los vientos, soles y mares, una vez que el Hacedor de los Montes terminó su faena les fue preguntando uno a uno por qué nombre querrían ser reconocidos, qué vocación tenían, qué querían ser de mayores. El nuestro, que sabía que su pasado le lastraba, que no fue agraciado por su altitud, lo tenía claro desde el principio. Desde chicorrón ya apuntaba maneras. Quizá esa escasez de altura la quería suplir con más gallardía, con más altivez, con ese auparse, con ese mirar por encima del hombro a otros muchos montes a kilómetros de distancia. Y no quería que lo conocieran por pico, no; quería ser algo más, quería ser el Picón, el Picón de Guara. Pero es que además siguió pidiendo, y pidió un segundo nombre… y lo obtuvo, Peña Mediodía. Y aún no se conformó con todo ello que desafiando las más básicas leyes de la óptica, pidió algo que también consiguió, que se viera de lejos, desde muy lejos, pero no de cerca, sólo desde muy cerca. Ese es nuestro monte de hoy… y a él vamos.

Dispuestos para salir

Corral rupestre
            Seis mayencos, deseosos de saber cuánto hay de verdad en todo eso, nos disponemos a marchar sobre él por una ruta, si no la única, sí la única que conocemos. Nuestro monte de hoy es casi inexpugnable. San Julián de Banzo es un pueblo con dos barrios, separados por un barranco, que tras pasarlo, en una cerrada curva, sale una pista a mano derecha. Una vez en ella, tras dejar a la derecha un desvío que nos llevaría al arranque para visitar la ermita rupestre de San Martín de la Val d’Onsera, llegamos a nuestro destino rodante. Desde aquí, las indicaciones del parque hacia Amán, San Miguel y Picón ya nos meten de lleno en la bajada al barranco antes mencionado de San Martín, no sin antes pasar por un aprisco con la ayuda natural de un gran extraplomo de la roca, que al ser arenisca conserva unas curiosas formaciones, los taffoni, que según la Madre Wikipedia son “… una forma en cavidad o hueco redondeado, de un tamaño desde varios decímetros a varios metros, tallada por la erosión en rocas cristalinas o arenisca, en climas secos…”. Los especialistas no se ponen de acuerdo en su origen, que sí parece ser por erosión.

Taffonis

Bajando al barranco de la Cobeta
            Bien, cruzado el barranco, del que se dice que lleva más agua por debajo que por encima, toca subir. Y lo hacemos por un camino bien definido, incluso empedrado, a modo de calzada, para llegar a un tramo donde se suaviza la pendiente, encontrando campas verdes, que afogadas por la vegetación gritan que un día fueron cultivadas, las ruinas del corral no engañan. Dejamos atrás el desvío a la peña de Amán, y seguimos dirección a las crestas de la Cobeta, para despistarlas por la izquierda y cruzar su barranco, que a poco de volver a tomar altura se nos abre una panorámica de la Hoya de Huesca realmente asombrosa. Todo este somontano dejándose caer suavemente hacia los verdes campos es una imagen que nos inspira muchas cosas, pero se pueden resumir en una sola: agradecimiento. Seguimos subiendo, y al llegar a un pequeño collado, la desafiante figura del Picón se nos viene encima. Ya nos tiene en su radar, sólo queda ya cumplir.

Hoya de Huesca

Últimas rampas antes de la cadena
            Aún queda lejos, hay que seguir avanzando, y el camino comienza ya a dar lo que prometía, una cuesta, incluso con una pequeña trepada, que hay que ir abordando con paciencia para arrimarse a la pared. Cuando eso ocurre, no hay que seguir la evidente traza que te tira a la izquierda, sino estar atentos a los hitos, que por sendero menos evidente te llevan a la derecha, hasta convertirse en vacío, pero que ayudados por una cadena podemos cruzar sin mayor problema. A partir de aquí, el sendero se vuelve a hacer presente, y más empinado si cabe, nos sube ya a la cumbre, señalizada por un montón de piedras.

En plena faena ferretera

Peñas de Amán y San Miguel
            Es difícil de describir lo que aquí se ve y se siente. Estos montes, lo que no tienen de altura lo tienen de bravura, con una recompensa que no se mide con números. A poniente el gran tajo que el río Flumen (redundancia, por cierto), ha ido labrando en milenios, escoltado por las peñas de Amán y San Miguel; visualmente, por encima, ese Gratal, vigía de la Hoya de Huesca. Al norte, el barranco de las Gorgas, las crestas de Valleclusa y los montes del Monrepós, que también tienen algo por encima, y es ese Gran Norte, beneficiado por las nieves de esta última noche. Por el este, el barranco del Reguero del Águila, y la ermita rupestre de San Martín de la Val d’Onsera, que el Matapaños no hace visible porque la guarda celosamente en sus entrañas. Y al sur, un extenso mediodía, una solana ocupada en sus cultivos cerealistas.

Vista hacia el Gran Norte, con las crestas de Valleclusa al pie

Matapaños y el Tozal de Guara al fondo, entre nubes
            Para verlo mejor, nos asomamos al extremo sur de este monte que cae a tajo sobre el Flumen, como si se hubiera olvidado de crear ladera por esa vertiente. Con intención de guarecernos un poco de aire, que campa a sus anchas, nos acercamos hasta la loma oriental para echar un bocado. Justo encima de donde arranca el sendero para bajar por este lado, ayudados por unas clavijas. Pero nosotros volvemos sobre nuestros pasos y regresamos por el mismo sitio… o parecido, porque no hay sólo una traza. Llegamos a las cadenas, y continuamos, hasta alcanzar el barranco de la Cobeta, a partir del cual se pacifica el camino. Luego el de San Martín, y en poco ya llegamos a los vehículos tras haber tomado la decisión de no alargar hasta la peña de Amán, que haremos junto con su hermana la de San Miguel en otra jornada.
 
De regreso, con la faena hecha 
          Bueno, pues al final, lo que iba a ser una medio circular se ha quedado en lineal. Aun así y con todo, hemos recorrido 10 km, en 4h 40’ de tiempo total, del que 3h 20’ han sido en movimiento, para salvar un desnivel acumulado +/- de 915 metros. Sin duda, otra mañana diez, disfrutando de la primavera y sus ansias de agradar, y en buena compañía.






martes, 2 de mayo de 2017

Murillo - Agüero - Murillo, de vuelta por los mallos

IXOS MONS
Murillo - Agüero - Murillo
Lunes, 1 de mayo de 2017



            Primero de Mayo, día del trabajo. Para que no nos llamen vagos nos vamos a dar una vuelta al monte, a ver si está todo en su sitio. Y lo hacemos al pre-Pirineo, concretamente al Reino de los Mallos, que efímero lo fue (1097 a 1111). Reino intra reino, por truculencias de la historia. Hoy visitamos estas tierras, que con las aguas de ayer tarde han ganado en brillo, en pureza, en verdor. Agradecidas son, con lo poco que cayó. Partimos de Murillo de Gállego, directamente por el Camino Natural de la Hoya de Huesca, que coincide con el GR 1, para llegarnos a Agüero, darle la vuelta a sus mallos y retorno a Murillo, pasando, naturalmente por la iglesia de Santiago, ese bello ejemplar del románico aragonés.

Portada de la iglesia de Santiago, de Agüero

Fuente Vieja
            Bien. Dejamos el vehículo en un lugar muy próximo de la llamada Fuente Vieja, en el barranco de Bivera, un lugar acondicionado para pasar un rato de buena gana y con buena agua. Aquí encontramos un panel informativo de lo que es este Camino Natural de la Hoya de Huesca, que con sus 132 km, une la localidad de Agüero, a donde nos dirigimos, con el Camino Natural del Somontano de Barbastro, en Bierge. Seguimos sus marcas, y tras atravesar el barranco, el camino va tomando altura encaramándose sobre una calzada medieval.

Calzada medieval, señalizada como Camino Natural de la Hoya de Huesca

Carrasca junto al barranco de Espaciero
            El camino va cruzando una pista que da acceso a los campos de almendros y olivos, con distinta suerte de cuidados, porque se ve alguno abandonado. A menos de una hora se cruza el barranco Espadiero, junto al cual sorprende una enorme carrasca, que si bien está generalizada su presencia por esta zona, no así su tamaño, aunque abunda mucho más la coscoja, otra especie de carrasca, pero arbustiva. En poco más salimos a la carretera de Agüero, con vista ya a la localidad, bajo sus mallos, que junto con sus vecinos, han sido declarados recientemente Monumento Natural de los Mallos de Riglos, Agüero y Peña Rueba, que ven a uno y otro lado cómo las aguas del Gállego salen resabiadas del embalse de la Peña en busca de la tierra llana.

Agüero con sus mallos

Levada a la vera del camino
            En la parte alta del pueblo, comienza una circular, señalizada con su marchamo azul de los Senderos de la Hoya de Huesca, y que en 2,8 km da la vuelta a este espectacular macizo. Optamos por darla en sentido horario, por lo que pasamos bajo esa Peña Sola para meternos dirección Villalangua por el barranco de la Rabosera, con perspectiva sobre el mismo, ya que circulamos a gran altura. Al otro lado del barranco, una hilera de mallos menores se asoma también al barranco, los Manzargos, Peña Chotero, Peña Repicón, leemos en los mapas. A nuestra derecha, justo al pie de los enormes conglomerados por los que discurrimos, vamos viendo cómo una hilera de piedras organizadas va siguiendo nuestra ruta. Con el transcurso de nuestros pasos, esas piedras se convierten en sólo la parte inferior, como un canalón ciego que sirviera de conducción de agua, que para los que hayan visitado la isla de Madeira, les recordará las levadas.


Restos de la tejería medieval
Trocha con la tubería al  descubierto
            Al llegar ya a la altura del final del macizo, cuando se nos abre ya a nuestra derecha su trasera, tenemos enfrente los depósitos de almacenamiento de aguas para Agüero, entendemos que cerca de la captación, sustituyendo a las viejas albercas que nos han ido acompañando hasta aquí. También encontramos unos cuantos trozos despiazados y arrancados de su ubicación, amontonados como escombros, cuando quizá daten de la época medieval. De ser así merecerían una puesta en valor en mejor acomodo y divulgando toda la información que se tenga de ello. Enclave especial éste, con las ruinas de una antigua tejería, de origen árabe. Volvemos sobre nuestros pasos para acercarnos a los mallos y enfrentarnos a una más que empinada trocha, que alberga una tubería en desuso, que parece de uralita, que también de ser así, merecería otro acomodo, pero en este caso en el museo de los horrores.

Vertiente oriental de los mallos de Agüero

Collada Pedro
            Llegamos a la llamada collada Pedro, que con sus 850 metros es el punto más elevado de la ruta de hoy. Estamos frente al costado oriental de los mallos, con más aparente accesibilidad. Dejamos que el camino que traíamos siga hacia Carcavilla, y nos metemos en el barranco de la fuente del Piojo, que nos baja hasta cerrar esta circular de la vuelta a los mallos de Agüero. Por la carretera que saca a los rodantes a la general, nos acercamos hasta el desvío a la iglesia de Santiago, que comienza asfaltado, pero pronto se convierte en pista transitable. Detengámonos un poco en este vestigio del románico aragonés, declarado Monumento Nacional en 1920.

Epifanía del Señor, en el tímpano de la puerta

Entrada al templo


            Y lo primero 
que debemos decir es que le llamamos iglesia, pero en realidad no sabemos si es lo correcto. Ermita se le llama a un pequeño templo alejado de la localidad y con culto esporádico. Iglesia se podría definir como el templo, único si el pueblo es pequeño. Si nos vamos ya a grandes magnitudes, se podría hablar de catedral, incluso basílica. Lo que está ante nosotros no se le puede calificar de ermita, pequeña no es. Así que la llamaremos iglesia, porque ni catedral ni basílica lo es, aunque según los expertos sí tenía esa vocación, y por causas no del todo aclaradas, se quedó inconclusa. Data del siglo XII, y se cree que se construyó bajo la dirección del Maestro de San Juan de la Peña, aunque a juzgar por las marcas inscritas en las piedras, trabajaron más de cuarenta canteros. Según A. G. Omedes, una de las
Marca de cantero
teorías por las cuales se construyó y quedó sin terminar el templo es que "
lo mandó hacer Ramiro II el Monje para su retiro tras haber casado a su hija Petronila, a la edad de tres años, con Ramón Berenguer IV. A la muerte del rey, el conde de Barcelona paralizó la obra y se llevó a los canteros a sus territorios condales (Poblet)". ¿Le extraña a alguien que esto fuera así? Irónicamente añadiremos que los herederos del señor conde, a pesar de varias sentencias judiciales y mandatos vaticanos, siguen reteniendo parte de nuestras obras, pero es que ya se habían llevado a los obreros.

Cultivo mediterráneo


            Bueno, que me pierdo. Terminamos. Un discreto sendero entre coscojas y pinos desciende para tomar otro principal, que nos lleva a unos campos, que cruzamos, así como el barranco del Espadiero para subir al camino que traíamos de ida, y concluir por él nuestra ruta hasta Murillo de Gállego, entrando por esa calzada medieval y la Fuente Vieja. Hemos hecho 14,2 km, en 3h 50’ de tiempo total, del que 3 horas han sido en movimiento, para salvar un desnivel acumulado +/- en torno a los 650 metros. Una extraordinaria mañana por la abrupta geografía e historia del Reino de los Mallos.